En el primer momento, el amado es
alguien maravilloso, no tiene defectos, nadie es mejor que él, está
terriblemente idealizado, casi endiosado. El amado se ve engrandecido y en
cambio uno se va empequeñeciendo, hasta el punto tal de no poder entender cómo
alguien tan perfecto se ha fijado
en uno.
En el segundo momento comenzamos a
percibir algunas imperfecciones en la persona amada. Vemos que ante
determinadas situaciones su carácter no es el mejor, que en algunas cosas se
equivoca, y esos rasgos, que ya estaban pero que el enamoramiento nos impedía
percibir, nos producen pena y desilusión y así como en el primer momento ya
queríamos casarnos y estar juntos para toda la vida, en este segundo momento es
probable que queramos que se vaya para siempre.
- Entonces, ¿qué se debe hacer?
- Reconocer que ambos momentos son
engañosos, y que ninguno de los dos es el amor.
- ¿Y qué es el amor, entonces?
- El amor sería un tercer momento en
el cual vemos al otro como es. Ni tan idealizado ni tan degradado. No es ni
Dios ni el demonio. Disfrutamos de sus virtudes y aceptamos sus faltas. Y a pesar
de ellas lo aceptamos y podemos ser felices a su lado. Recién ahí podemos
hablar de un amor maduro con posibilidades de proyectarse en el tiempo de una
manera sana. Porque la clave del amor, como me dijo alguna vez mi analista,
está en reconocer los defectos del otro y preguntarse sinceramente si uno puede
tolerarlos sin estar todo el tiempo protestando, y ser feliz a pesar de ellos.
Silencio.”
Estoy lista. Lástima que
soy solo yo.
Ya no te espero, porque de esperarte hay odio.
Ya no te espero, porque de esperarte hay odio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario